miércoles, 29 de febrero de 2012

Reflejos y espejos.

Llevo días sintiéndome sola, apartada, inútil y confusa. Estoy comportándome como una cría mártir, pesada y cansina, todo el día diciendo que no tengo amigos, que estoy sola y que nadie me quiere. Las cosas son así. Vale, debería dejar de decirlo, pero  quiero que quede claro, que si lo digo no es para dar pena, sinó para que me tengáis como a una persona fuerte y valiente, que no tiene a quién confiar, y sigue adelante. No me gusta sentirme así, pero es lo que hay, e intento sacar lo bueno de todo ésto. Me dirás: "No estás sola, tienes a gente." Sí. Claro que tengo a gente, a gente de 4 y 5 años menos, que no entienden por lo que paso, tienen otras preocupaciones, otros hobbies, y otros placeres. Claro que los tengo, pero no puedo compartir lo que compartiría con alguien de mi edad.
Me ha pasado algo más. Estaba dando un paseo por el centro, sola, evidentemente, y me he puesto a mirar escaparates. Unas chicas me han apartado un poco Maleducadamente, y me he ido al escaparate de al lado. Había un vestido precioso, de esos de princesa, como me gustan a mí, pero eso no es lo que he visto a simple vista. Me he visto a mí. Mi reflejo, sola. Me he puesto a llorar. Estaba sintiéndome fuerte, única, especial... pero al verme sola, me he desconcentrado, y he vuelto a caer, motivo suficiente para llegar llorando a casa.
Luego, he recordado aquella vez que  discutí con mi mejor amiga, antes de perderla, en tiempos difíciles para mí por varias cosas, aunque el tema de mi mejor amiga no era el más preocupante, me afectó igualmente, y me fui a casa de mi abuela. Me puse a llorar, disimuladamente. Mi abuela no se dio cuenta, pero también estaba mi tía, y ella sí que se percató. Me apartó del comedor y fuimos a la cocina. Nos sentamos. Arranqué a llorar, ésta vez sin disimular, y de alguna manera, me hizo sentir mejor. Me preguntó qué me pasaba, yo no sabía por donde empezar, para no aburrirla ni hacerme pesada. Le dije que me sentía mal conmigo, eso era lo principal. Visto mal, estoy gorda, no sé arreglarme, ni tengo maña para tener un aspecto medianamente normal. Ella sonrió. Dejé de llorar, y me sorprendí. Me abrazó, y me dijo "No vistes mal, ni te arreglas poco, simplemente, la vida te ha enseñado que es más importante ir cómoda que aparentar, nada más." Me renegué, diciendole que, mi prima (su hija) era guapa, vestía bien, sabía potenciar sus cualidades, y estaba delgada. Lo que me dijo fue lógico. "Ella no tiene hermanos. No ha tenido una vida difícil, siempre ha tenido lo que quiso, y aún lo tiene. ¿Te piensas que si ella tubiese hermanos, hubiese tenido alguna vez un caballo?" Y volvió a reirse. A mí también me hizo gracia. Fueron menos de 5 minutos, pero me tranquilizaron durante días. Mi tía supo entenderme, cosa que también era sorprendente porque, aunque sí que está cuando se lo pido, nunca se daba cuenta de cuando estoy mal, o necesito una charla de éstas. Al final de la conversación, también me saltaron las lágrimas, pero ésta vez no fueron de rábia, ni de dolor, ni de nada de eso. Eran de ilusión.
¿Adonde quiero llegar con ésto? Bien. A veces pensamos que no valemos la pena, si más no, a mí me pasa muy a menudo. Nos sentimos inutiles. Incluso la persona más arrogante del mundo, se siente inútil alguna vez en su vida, y en realidad, todos, y digo todos, desde la persona más falsa, estúpida y repelente, hasta el más simpático, agradable y bondadoso, pasando por el más rico y despreciable, valemos para algo. Para cualquier cosa, aunque sea para hacer collares de macarrones, no importa. Algo habrá que se te da mejor que a los que te rodean. Algo que, por mucho que intenten imitar de ti, nadie va a poder superarte.

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