miércoles, 9 de enero de 2013

Soy ese tipo de chica blanca como un chicle mascado. Todo me afecta; la más mínima palabra puede hacerme añicos por dentro. Soy frágil, necesito refuerzos, gente que me quiera, y que no me fallen, como todo el mundo. Tengo traumas, pájaros, mariposas, y sobretodo, libélulas en la cabeza, y el corazón lleno de cicatrices. Algunas de esas cicatrices están curadas, otras en carne viva, pero al fin y al cabo todas ellas son cicatrices, y necesito que alguien me las cure, o lo intente.
Como la mayoría de chicas, reboso amor por cada poro de mi piel. Amor por me da lo mismo, y por quien no. Amor por Tania, por Shei, por mis primas, por Oty... Amor por mi novio, que no hay momento alguno en el que me falle, por suerte.
Supongo que todas las mujeres, o la gran mayoría, habéis sentido alguna vez que alguien os quiere. Yo nunca lo había sentido, lo siento ahora con cada caricia, cada vez que me llama 'princesa', cada vez que me dice que me quiere, cuando me dice que me echa de menos, y lo que es más importante; cuando me lo demuestra. Es una gran debilidad. Uno de mis defectos son los celos; cada chica que se le acerca, que le habla, que le mira... Cada chica a la que se acerca, a la que habla, a la que mira... Todo me mata. Tengo tanto miedo de perderle que por momentos dejo de pensar en lo que me gustaría hacer a mí, con quién me gustaría quedar a mí, para centrarme en lo que le gustaría a él, para que él no se enfade, para que no le sienta mal nada. 
No me gusta salir a emborracharme, ni a bailar, prefiero quedarme en casa viendo fotos de personas a las e echo de menos, escuchando música que me recuerde a esas personas, o dibujando. O escribiendo. O viendo películas. Soy diferente de las demás, y a veces no me importa, pero otras me mata. Me mata tanto como un beso de veneno. Como una espina de dos metros directa al tórax. 

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